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SuperBomper

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Corría el año 1980 recién acabada “la mili” cuando un jugador de rugby cliente de la tienda de deportes donde trabajaba, me dijo que era bombero y que iban a salir sesenta y una nuevas plazas. Yo estaba buscando algo que me pudiera dar, un futuro para poder casarme, estabilidad económica y a ser posible que me permitiera continuar los estudios y hacer deporte que era lo que más me gustaba.

Desde siempre me ha atraído la acción y la posibilidad de ayudar a alguien en situación de peligro, por lo tanto eso unido a ser funcionario era la opción perfecta. Me informó de los requisitos básicos, vi que estaban totalmente a mi alcance e inmediatamente decidí “VOY A SER BOMBERO”.

Me enteré de las bases de la oposición, los requisitos y pruebas a realizar (no tenían nada que ver con el alto nivel que actualmente se exige) en concreto exigían una profesión relacionada de alguna manera con el trabajo de bombero y había una prueba tipo test sobre ella, otra prueba cultural consistente en un dictado y operaciones matemáticas elementales, aunque de muchos ceros y decimales por medio (hoy con el uso intensivo de las calculadoras alguno se las vería canutas para realizarlas). Me dí cuenta de que en aquella oposición, lo único que para mí “cortaba el bacalao” eran las pruebas físicas que eran eliminatorias, en concreto la única comprometida era correr un kilómetro en 3’ 10’’. Era una marca respetable para alguien que no estuviera haciendo deporte a un nivel como mínimo medio. Así que, aunque no estaba totalmente en forma porque había dejado la competición nacional (jugaba a voley en primera división) me fui a realizar un control de esa prueba para ver que tal se me daba. Nunca me había dedicado a correr, pero realicé el test y corrí por debajo de la marca exigida. Así que me dije : “ESTO ESTÁ CHUPAO” y dejé de poner atención en lo que me esperaba en un futuro cercano.

Por circunstancias de la administración la oposición se retrasó dos años, en ese tiempo pese a que hacía deporte, básicamente era por pura diversión (frontenis los fines de semana) por lo que mi condición física aunque no era mala tampoco estaba como para exigencias de cierto nivel. Yo me había olvidado por completo de la oposición en cuanto a pensar que debía prepararla, tanto porque realmente la parte de estudio sabía o creía que la tenía “chupada”, sobre todo el examen cultural, como con las pruebas físicas porque “andaba sobrao”, ¡al menos eso creía yo! Pero seguía estando seguro de una cosa “VOY A SER BOMBERO”.

Lo cierto es que a 48 horas del “día D”, dos años después de esa decisión, y sin haber hecho absolutamente nada específico para esa oposición, tanto en el campo físico como en el teórico o cultural, decidí hacer un control de esa prueba (las demás no me preocupaban lo más mínimo, ni la velocidad, ni la cuerda, ni la natación, simplemente porque las marcas exigidas eran bastante asequibles). Corrí y no pude llegar al kilómetro ¡ME AXFISIÉ A LOS 800 METROS! ¡NOOOOOOOOOOOOO! ¡NO PUEDE SER! Casi me da un “jamacuco” no por la carrera sino por el shock de no lograr acabarla. No entraba en mis planes este contratiempo. Me había pasado dos años pensando confiado en que estaba por encima de esa carrera y ahora parecía que la cruda realidad era distinta. Me recompuse y me dije:

¡Bueno, aún me queda otro día para comprobar si puedo hacerlo, y VOY A HACERLO! Así que volví al día siguiente y ¡LO HICE!

El día importante llegó. Yo tenía consideraciones con la carrera de velocidad por si no hacía un buen calentamiento y sufría algún tirón en las piernas. ¡Vaya, pese a que lo sabía y calenté, sucedió! No fue muy grave pero me dejó tocado para “la madre de todas las pruebas” el kilómetro a galope tendido. Pese a ello no me dejé amedrentar. Pensé, “si me acabo de romper, ya me arreglaré con pegamento después pero hoy corro y paso”. ¡Así que corrí y pasé! Primera fase, pruebas físicas ¡Misión cumplida!

Ahora venía lo “fácil”. El examen tipo test de la profesión elegida. Yo me examiné de albañilería (sabía lo suficiente a nivel de peón por haber pasado algunas temporadas haciendo de tal, por cuestión de “pasta”). Peeeeero cuando vi el examen con las veinte preguntas con cuatro respuestas posibles, vi que ¡NO SABÍA NINGUNA!
¡AAAAAAAAAAAH, ESTO NO PUEDE SER!

Sacaron las preguntas de libros de arquitectura, fue una debacle entre los albañiles, todos me daban “sopas con onda” en cuanto a conocimientos prácticos, pues era su profesión, pero claro un albañil no estudia libros para serlo, aprende el oficio en el tajo, ¡esto era una emboscada! ¡Bueno! Volví a serenarme y me dije, “está claro que por puro azar algunas podría acertar” así que empecé a utilizar, la etimología, la deducción, la reducción al absurdo y cualquier otra “triquiñuela” de esa índole para contestarlas todas (no restaban los fallos ni las sin respuesta, era otra época). Sabía que podía haberlo conseguido, pero fue una sensación rarísima, el salir de un examen sin tener certeza alguna de lo que has hecho, sabiendo que en el peor de los casos puedes haber acertado algunas, aunque no te valieran para aprobar, y en el mejor sacar incluso “nota”. En cualquier caso había que sacar un cinco para aprobar y pasar y cada una de las veinte contaba como ½ punto.

Me fui “zumbao” a casa y me tiré en plancha sobre las enciclopedias y diccionarios que tenía, para ver que coñ…. había hecho en el examen…….Había acertado diez

¡FIIIIIIIIIIUUUUUUUUU!
¡EL CINCO CONSEGUIDO!

Tenía cuatro mal, y del resto no pude averiguar nada, por lo que podía pasar cualquier cosa, pero mi objetivo estaba conseguido, que era lo principal. De las seis que no pude averiguar nada, acerté dos, así que acabé sacando un seis en ese examen.

¡Otro objetivo conseguido! Pero pese a aprobar, habían por supuesto muchas mejores notas que la mía y yo estaba en el puesto 87 del ranking de 61 plazas, ¡veintiséis puestos por debajo del corte!

Pero ahora llegaba mi “arma secreta” la que sabía que podía marcar la diferencia, el examen cultural de dictados y multiplicaciones y divisiones de tamaño “XXL”.

¡Bueno, lo hice! Con respecto al dictado lo tenía claro, no iba a fallar y con respecto a las operaciones aritméticas, pude verificar a la salida los resultados que me apunté, con otros compañeros que también lo hicieron, ambos no podíamos estar igual de equivocados, así que lo teníamos bien.

Me fui bastante más tranquilo de esa prueba final, pero quedando a la dura espera y la incertidumbre de los resultados definitivos. Pasaron varios días, y un día que nunca olvidaré, vino otro compañero de oposición y hoy de profesión, a la tienda de deportes donde yo trabajaba, a decirme que ya habían salido las listas de los aprobados que le incluía a él, por supuesto. El corazón empezó a golpearme el pecho con fuerza y me fui corriendo al ayuntamiento a ver qué había pasado…… y cuando llegué a las listas, comencé a leer por arriba y empecé a bajar la vista por el listado, con cada nombre el pulso se me aceleraba. Fueron escasos segundos de tensión, pero de repente, en el medio de la lista ¡ALLÍ ESTABA YO! Lo había conseguido YA ERA BOMBERO. Fue un estallido de gloria. Mi “arma definitiva” en la que había puesto toda mi confianza y seguridad en conseguirlo, me había hecho ascender cincuenta puestos de golpe.

Por un instante se me hizo de día, vi mi futuro encaminado y resuelto, por lo menos a medio plazo, pero de repente, de lo más profundo saltó a mi cabeza una pregunta:

¿Y SI NO HUBIERA APROBADO, QUÉ?

En ese momento por primera vez en esos dos años fui consciente de sopetón que cabía la posibilidad de no haber aprobado. Os doy mi palabra de honor que en ningún momento hasta ese instante pensé en que podía no haber aprobado, estaba ABSOLUTAMENTE CONVENCIDO incluso de forma temeraria, de que IBA A SER BOMBERO. Nunca había contemplado la posibilidad de suspender. No lo hice de forma consciente, fue totalmente innato en ese momento pero fue una de las decisiones más importantes de mi vida: VOY A SER BOMBERO. Me temblaron las piernas al ver que no tenía un futuro claro fuera de esa oposición y que nunca había previsto alguna alternativa durante esos dos largos años para el posible caso de no aprobar. Simplemente porque en mi cabeza no existía esa posibilidad.

Fijaros en el matiz de mi decisión, no decidí “Voy a opositar a Bombero”, eso conllevaría tener en cuenta las dos posibilidades de la misma. No, dí por hecho que iba a ser bombero, lo que había que hacer para conseguirlo, en mi mente estaba hecho ya. ¡Esa realmente fue la clave! La decisión que tomé no contemplaba de forma alguna la posibilidad de fracasar, fue algo instintivo y ni siquiera fui consciente de lo que hice hasta muchos años después. Pero esa determinación y seguridad en que iba a lograrlo, gracias a que el nivel de exigencia(*)era perfectamente asumible por mí, fue la que hizo que “supiera” que iba a aprobar, no existía el fracaso. Eso me llevó a sufrir bastante en el transcurso de alguna de las pruebas, a causa de mi excesiva confianza, pero mi determinación estuvo siempre por encima de todo y como he relatado, solo cuando lo conseguí, me asuste ante que cabía la posibilidad de que no lo hubiera podido lograr, y eso me impactó.

De toda esta historieta personal sólo hay una cosa que se que es válida para todos y que creo que cualquiera que intente un objetivo importante en su vida, y una oposición lo es, puede y debe utilizar. Es su confianza y determinación en lograr su objetivo. Fijaros, una oposición, como algunos otros avatares de la vida, es un proceso en el que uno se vende a sí mismo haciendo ver a un tribunal que sabe y domina las capacidades que se le exigen. Ningún vendedor de lo que sea, conseguirá nada importante si no cree en lo que está vendiendo. Tu (el opositor) estás “vendiendo” tus cualidades a unos clientes expertos en ese producto, o sea el tribunal. Bien, si tu no crees en el producto que vendes ¿crees que serás capaz de vendérselo a un tribunal? Te aseguro que no, el primer paso indispensable en toda venta es tener absoluta confianza en el producto (tu mismo) y por su puesto en tu capacidad para venderlo (tu preparación) sin las dos cosas es seguro que no lo vas a conseguir.


(*)hay que reconocerlo, en la actualidad ni siquiera con esa determinación y debido al alto nivel tanto físico como de conocimientos exigido, lo podría haber hecho de forma tan temeraria.

Desde el año 88 he estado impartiendo formación preparatoria a aspirantes al Cuerpo de Bomberos y a algunos otros estamentos de la administración. Siempre les he dicho a mis alumnos y la experiencia me lo ha demostrado, que cualquier aspirante que va a por todas (como yo solía decir, con el puñal en la boca) sólo tiene que competir con dos como él, por cada plaza ofertada. No te dejes impresionar por el número de aspirantes, no importa. Si tu estás ahí “con todo” solo tienes que competir con dos más por tu plaza. Ahora, si no estás al cien por cien…. amigo, siento decírtelo de forma tan cruda, pero te haría flaco favor si no lo hago, no gastes tu tiempo ni tu dinero, no lo vas a conseguir. Es duro pero es cierto.

Al final de una andadura, en el fondo, sea cual sea el resultado, nosotros siempre sabíamos que era eso lo que iba a suceder, aunque si es un fracaso es posible que nos cueste admitirlo en público. Henry Ford dijo: “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, en ambos casos estás en lo cierto”. Depende de lo que uno crea de sí mismo, si tú no crees en ti, no esperes que lo hagan los demás.

Que a nadie se le ocurra hoy en día dejar de preparar intensivamente la oposición que le interese. Lo mío fue de otra época y con un nivel de exigencia ridículo en las circunstancias actuales (aunque no lo eran entonces, los tiempos cambian). No sería de temerarios, sino de locos o ilusos intentar hacer lo que yo hice. Pero ahora se que si que hice algo bien, que es justo el primer paso que uno siempre debe llevar a cabo: Tomar la decisión.

Yo un día decidí VOY A SER BOMBERO….. y ¡LO CONSEGUÍ!

¡TÚ TAMBIÉN PUEDES HACERLO!

Por tu Éxito en esta aventura
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    Vicente Vidal Pastor 			
     WebMaster 

QuieroSerBombero.org



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